En el espacio de la crítica de 16 Novenos, escogemos A Ghost Story, película independiente del director norteamericano David Lowery.

Fantasmas. La relación del hombre con los espíritus excava una senda milenaria históricamente perpetrada por conceptos como la superstición, la religión, el sueño y el miedo. Pero  sobre todo por el desconocimiento profundo e incognoscible de la muerte, ese enemigo desencarnado ante el cual, desde la primera generación, nuestra raza siempre se ha arrodillado desnuda, con la claudicación propia de la indefensión.

A Ghost Story es, en primer lugar, una de esas cintas diminutas que se cuelan por sorpresa en nuestra cartelera con todas las papeletas para pasar desapercibida, engullida por productos de mayor propaganda y dimensión. Y en segundo lugar, es un documento lírico, austero, y tiernamente triste sobre los fantasmas, o más bien, sobre un fantasma en particular, que se ve avocado a anclarse en la circularidad de un tiempo inacabable, sin posibilidad de descanso o promesa de rendición alguna.

Protagonizada por Rooney Mara y Cassey Affleck, únicos denominadores que denotan la  procedencia hollywoodiense que respalda la historia, podríamos empezar a tratar de adjetivar la cinta como una pieza de cámara íntimamente conjugada por el silencio y por la luz. Desarrollada casi en exclusiva en interiores, con un diálogo a cuentagotas, una cadencia reposada y enigmática, y una trama sumamente esquelética, este sencillo cuento visual se fundamenta sobre todo en la contemplación armoniosa y los valores estéticos, adquiriendo las sombras, los tonos, los vacíos y los volúmenes un rol indispensable para la creación de una atmósfera tan doméstica y trémula como ensoñadora y desasosegante.

La inicial originalidad de A Ghost Story parte del atrevimiento con el que endereza su premisa estructural, que por lo demás, es ahorrativa como pocas: una joven pareja, a la que el director nos introduce con un in media res revelador, está a punto de mudarse de su casa localizada en medio de una región boscosa. Sin embargo, cuándo él muere en un accidente de coche, la mujer tendrá que encarar la despiadada provocación de la vida que continúa, siempre indiferente al duelo y la fugacidad vital; mientras que él retornará en forma de espectro, decidido, o condenado, al acto único y repetitivo de una espera eterna.

Lo inusual de este planteamiento, que en papel podría calificarse de pseudo-pagano o facilón, se logra a través de matices sugerentes, el más físico y evidente siendo el de la materialidad elegida para representar al fantasma, que no es otra que la de una sábana con dos agujeros negros. Así, el arquetipo más infantil, el clásico dibujo bidimensional del espíritu, se utiliza como contrapunto desconcertante para practicar un buceo melancólico por el drama de lo incorpóreo. Y la otra característica en la articulación del relato es la esencia bucólica que lo abriga, su delicada orquestación de las herramientas del montaje y la puesta en escena para configurar una arquitectura poética en la que los dilemas del tiempo, la fe y la vida ululan lánguidamente en un aire imaginario y sentimental.

La obra se abre ya con una misteriosa introducción en la que se engarza la primera alegoría plástica, la del arañazo de luz que baña una pared y las constelaciones del espacio interestelar, como si fuera un preaviso del transitar paralelo de la cinta por los caminos de lo íntimo y lo cósmico. Este insinuante preámbulo, junto a la elección por el añejo aspecto de ratio del 4:3, nos alerta de la condición atípica de las figuraciones por venir.

El primer tercio del film, y el más sugestivo en mi opinión, hace alarde de una violenta afirmación técnica de la lentitud: las elecciones de cámara y la pervivencia del encuadre quieto parecen subrayar ese doloroso paso del tiempo que sufre M, el personaje de Mara. Así, el cineasta construye el luto y la congelación existencial mediante planos estáticos y largos, utilizando una composición abundante en frameos y simetrías, inmóvil en su eje pero rica en movimientos internos. Interesante es también la explotación del fuera de campo como recurso para la pregunta angustiada (¿estará, no estará?, ¿le verán, no le verán?, todo en A Ghost Story se levanta mediante la vocalización de dudas muy simples). El brutal momento del levantamiento en la morgue o la devastadora escena del pastel traducen también el gusto del director por echar un pulso a la paciencia del espectador, recompensándole con una hipnosis total. La escena del pastel en particular resulta un triunfo del quehacer cinematográfico más arriesgado: durante cinco minutos y pico, sin cortes y en cuadro fijo, el público se ve forzado a contemplar cómo Rooney Mara devora una tarta sentada en el suelo de su cocina, con el resentimiento de la pérdida exudado en cada gesto trivial. El tintineo del cubierto contra sus dientes, la manipulación del tenedor contra el fondo de la fuente, sus sorbos nasales y las migas que caen, se nos ofrecen dejándonos en una posición de voyeurismo terrible y casi exasperante de lo mundano y lo privado. Lowrey consigue, con la afección del acto de comer, capturar la tragedia, la soledad y la purga.

La fotografía y el tratamiento sonoro hacen también de signos de seducción para invitarnos a pasear por los claroscuros afligidos de los dominios del fantasma. La hegemonía de la luz natural, la inteligencia emocional de las temperaturas y una graduación del color apagada y vintage, otorgan una cualidad casi religiosa a los cuerpos y objetos. Por otro lado, el oficio de los fundidos sonoros y la maravillosa mano con la que es manejada la música ayudan a envolver sensorialmente los fotogramas, consiguiendo momentos de vibrante poderío climático, como el conmovedor flashback.

Es cierto que la película flojea hacia el final del segundo acto, cayendo en el delito de lo expositivo con el monólogo de un personaje sobre el “reemplazo de la carne y los legados”. Resulta incomprensible que el director apueste aquí por trufar en este irritante parlamento todos los significados que hasta entonces estaba transmitiendo a la perfección exclusivamente con la imagen. El final, por otro lado, queda ocupado en poner un cierre airoso y trascendental a todas las microestructuras y señales, esforzándose en cerrar círculos a través de maniobras audaces como los gigantescos saltos temporales, muy del estilo Malick, hacia un futuro distópico o hacia un retroceso de índole western.

Sin embargo, la belleza de la puesta en escena, la sutileza en el juego de espacios y la soberbia fecundación de la profundidad de campo denotan el carisma de Lowrey como director, y su dotada capacidad para dominar un estilo anímicamente pausado y sedativo, bullente de planos hermosísimos.

Y mención aparte merecen las transiciones, que funden el corte de edición y la filosofía del tiempo en un sinfín de formas diferentes, desde el truco de las estaciones que se van sustituyendo a través de la ventana a la descomposición veloz de un cadáver, el hyperlapse de la luz, el fundido conceptual o los travellings de recorrido, que atraviesan los tabiques como el fantasma recorre pedazos de las vidas ajenas de los inquilinos o sectores de una memoria coagulada por luces navideñas, ruinas, correteos de niños y fiestas.

Al final, el mensaje que palpita sobre el corazón de A Ghost Story es tan viejo como la vida misma, y tan sencillo, que a veces es necesario que se nos recuerde su evidencia: morimos, y el después es un interrogante que desata nuestras más íntimas fantasías y temores. La película elabora la sonata de una sábana, una sábana que va cruzando la demolición y el florecimiento. Observamos la historia del fantasma como él mismo observa la de los demás, con esos vacuos ojos que se van agrandando a medida que espera a través de los siglos el poder acceder a la grieta de la pared, como si esa grieta fuera una grieta en la propia masa del tiempo, por la que quisiéramos escurrirnos todos para alcanzar la paz. A Ghost Story es un poema genuino, valiente y extrañamente emocionante, que logra condensar más humanidad en la figura silenciosa de un fantasma que el 80% de personajes que asolan nuestra cartelera hoy. Porque a veces, entre tanta estridencia y destello, conviene retirarnos al albergue olvidado y callado de nuestro propio cuarto interior.