En nuestro espacio para la crítica, hablamos del debut en la dirección de Ewan McGregor: American Pastoral. La adolescencia. Una palabra llena de colinas y agujeros como pocas existen. Su significado parece prácticamente imposible de ser trazado con completa precisión. La Real Academia Española, por ejemplo, desiste de intentar desentrañar el misterio y se limita a una tramitación denotativa muy básica:

Período de la vida humana que sigue a la niñez y precede a la juventud.”

Pero todos sabemos que la adolescencia es mucho más que una etapa acotada por marcas temporales, mucho más que un remolino determinado dentro de esa otra expresión confusa de “ciclo vital”. La adolescencia constituye la sangrienta raíz original de nuestra personalidad y carácter,  ese terco primer engranaje desde el que comienza la verdadera y terrible configuración de hacernos nosotros mismos, o al menos algo pretendido a una unidad individual llamada “persona”. Y aquí tenemos ya la tercera palabra exasperante del día. El caso es que la identidad se forja ahí, no antes, y no después. Ninguna etapa humana iguala, por tanto, sus peligros.

Siempre me han interesado enormemente las historias que versan sobre el estado del “coming of age”, centradas en escarbar un poco dentro de ese turbulento y magnético engendro llamado adolescencia, tan asaltado por la pérdida y el descubrimiento y tan cocido de arrebatos, insensateces y saltos al vacío. Han corrido ríos de tinta y cascadas de fotogramas acerca de la experiencia del despertar sexual durante estos años, pero bastante menos se han volcado en analizar la creación del ideario. Si en la esencia misma del Hombre se encuentra el sentido político, si todo en nuestra vida, de alguna forma u otra, es un acto político, ¿cuánto de lo que pensamos o acometemos quedó sellado y predeterminado durante nuestra adolescencia?

Sobre la película American Pastoral se yerguen varias temáticas entrelazadas y distintas, pero es esta vertiente sobre el nacimiento del ideario la que me parece más digna de atención de todas. O más bien, y resumiéndolo en una única frase demoledora: cómo la existencia entera, tanto la nuestra como las que pululan inevitablemente a nuestro alrededor, puede quedar mortalmente transfigurada a partir del ardiente nacimiento de la ideología.

Dice la crítica especializada que el actor Ewan McGregor ha cometido algo así como un acto de arrogancia al elegir para su debut tras las cámaras la adaptación de una de las novelas del escritor Philip Roth. Y efectivamente, puede que este tótem de la literatura norteamericana contemporánea no se caracterice precisamente por una obra de fácil traslación fílmica. Yo he leído “La humillación”, “Némesis” y “El animal moribundo”, este último, por cierto, ya convertido desde hace años en carne cinemática por parte de nuestra compatriota Isabel Coixet, que lo llevó a la pantalla con irregulares resultados. Comparto la consideración de que sus libros destilan una obsesiva introspección de la naturaleza y la psicología humanas, y también, que son brillantes escalpelos a la hora de diseccionar todas las contradicciones e hipocresías que acompañan pegajosamente nuestro camino como las problemáticas criaturas que somos. Plantean conflictos que reposan pesadamente sobre la parte más ingrávida y oscura de nuestra sustancia, esa correspondiente a las elecciones morales y emocionales, y por ende, a sus consecuencias.

La novela elegida por McGregor, además, cuenta con otra complicación contextual muy delicada. La que teje su su telón de fondo, la Guerra de Vietnam, una de las más cortantes brechas abiertas en la cronología de los Estados Unidos por su descarnado impacto social y lo impetuoso de las divisiones y revoluciones que trajo consigo. Conceptos intocables como el heroísmo bélico o el patriotismo experimentaron durante esos años 60 revisiones inéditas hasta entonces, y cambios de vista que sacudirían dolorosamente los cimientos de la misma esencia de América como nación democrática y libre. Sensibilidades que creo, aún humean en la actualidad bajo otras circunstancias y escenarios.

Y hasta ahora, que parece que he hablado de todo menos de la película, lo que en realidad he hecho ha sido repasar los tres encarnizados campos de batalla en los que se mete McGregor con su ópera prima: la turbulencia de una adolescencia plagada de llamadas radicales, Philip Roth y los atolladeros y connotaciones del nacionalismo norteamericano, tan sentimentalmente representado en la figura de esa bandera que se alza lentamente sobre su mástil, paradigmática de arriba abajo, durante una de las secuencias claves de la película.

La premisa de American Pastoral puede ser la del drama que se sucede cuando, coincidiendo con un atentado de protesta política, desaparece la hija de una honrada e impecable familia de Nueva Jersey, estando ésta además, claramente vinculada al incidente en sí. Pero lo que burbujea bajo esta superficie son muchísimas materias y cuestionamientos más, tantos, que el film se ve forzado a repartir y sacrificar calidad de tratamiento en cuanto a unas y otras.

Así, y manteniendo una estricta linealidad temporal de los eventos, la trama oscila entre la tragedia doméstica y la escena sociológica, logrando mayores cuotas de notabilidad en el primer campo argumental que en el segundo, pero sin alcanzar nunca una óptica novedosa ni una reflexión a la altura de los convites íntimos y globales que se proponen. Con un correctismo académico y una narración lingüísticamente convencional, son más los posos ya depositados por Roth al fondo de la taza que la dirección de McGregor lo que nos enhebra el interés por lo que pasa en el cuadro. El advenimiento de la feliz y perfecta familia americana y su posterior resquebrajamiento siguen sumando una fórmula de sugerentes posibilidades, y en este caso, siendo además el elemento destructor parte del seno familiar mismo. Resulta muy inquietante observar cómo las ataduras del amor sanguíneo van asociadas a una debilidad fatídica: la de ser arrastrado a la propia destrucción, en plena impotencia y sin pronósticos de recuperación alguna. Una decisión errónea, un acto tremendamente equivocado, un paso en falso…, y todo lo construido se puede desmoronar a una velocidad vertiginosa. Es igualmente interesante el proceso edípico que muestra la película con la infancia de Merry, la niña protagonista: su devoción hacia el padre y su rechazo a la madre, así como la exigencia irracional pero innata de tener que estar a la altura de escalones imaginados.

No hay en el trabajo del elenco nada demasiado destacable y sí un par de elementos cuestionables. McGregor, que se dirige a sí mismo en el papel protagonista, se salva con aprobado pero Dakota Johnson es una actriz que personalmente me pone nerviosa siempre y que en éste caso consigue, con  el asunto del tartamudeo, el logro de  enervarme todavía más. Tampoco creo que la carrera de Jennifer Connelly gane ningún aporte extraordinario con su actuación rutinaria de la madre: una ex reina de la belleza felizmente instalada en su tranquila cotidianidad rural, y cuya purgación ulterior del dolor pasa por el muy aleatorio consuelo de la cirugía estética. Así puesto, el papel suena hasta apasionante, pero no, no lo es. El ridículo, no obstante, llega con el personaje de la activista Rita y la tal actriz Valorie Currie –sí, curry tal cual- encargada de interpretarla: un caso religioso de mala dirección, o un ejemplo escabroso de caricaturización demagógica. Y no me decido cuál de las dos opciones es peor.

Y enlazando con la demagogia: la película bordea la muy incómoda línea de la manipulación maniqueísta de brocha gorda: sus poco esfuerzos en aderezar a McGregor con algo distinto de los ingredientes de perfecto y valeroso padre atormentado por las locuras de su retoño pero siempre leal a él, y de honrado trabajador amigo de los negros pero digno héroe de la América más blanca, contrachoca burdamente con la muy evidente corrupta imagen que se muestra de los activistas contra la Guerra de Vietnam, a los que sólo se examina en la trama desde el punto de vista del terrorismo panfletario.

Pero la película ni siquiera consigue incendiar una indignación entusiasta por este mensaje de reaccionarismo latente. Plana pero no aburrida, pasable pero sin el menor brillo, al final la producción de McGregor no pasa de ser otro producto de alta factura que trata de otear, lánguidamente, el ombligo de ese gigante multifacético, discordante y, en el fondo, tan incomprensible para sí mismo como a veces para los demás, que es el país norteamericano.


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