La historia del cine se remonta al 28 de diciembre de 1895, cuando los hermanos Lumière proyectaron dos pequeños documentales costumbristas en una sala de París. Como no podía ser de otra manera, la historia de la censura cinematográfica es prácticamente paralela: en 1896 las autoridades rusas prohibían la exhibición de un film en el que Napoleón observaba el espectáculo de una bailarina.

A mediados del siglo siguiente comenzarían los sistemas de clasificación por edad y contenido. Estados Unidos había dependido hasta entonces del llamado código Hays, que básicamente prohibía, entre otras cosas, cualquier contenido mínimamente sexual, incluida la inclusión positiva de personas homosexuales. Es decir, un personaje homosexual podía aparecer siempre y cuando fuese como villano, víctima, para reírse de él o para reprocharlo. Este código era tan loco y estricto que en el montaje de Blancanieves desaparecería la escena en la que los enanitos le preparan la cama por considerar que ahí se estaba fraguando todo un festival del sexo.

Películas de Spielberg como Gremlins o Indiana Jones conseguirían complejizar la clasificación y empezar a recomendar no solo películas para mayores de 18, sino también para mayores de 13 años. Desde entonces, son muchas las películas polémicas, censuradas o prohibidas, clasificadas con las letras R, S, X, triple X o, en nuestra Televisión Española, con dos rombos. De hecho, no penséis que la X se ha reservado en nuestro país solamente para películas pornográficas: Calígula, Cowboy de medianoche o, recientemente, Saw VI recibirían esta calificación por su violencia. De hecho, la última no llegó a estrenarse siquiera en cines eróticos, por lo que tuvo que recurrir al recorte en nuestro país.

Durante el Gobierno de Thatcher, en los 80, fueron habituales los video nasties, películas cuya distribución en vídeo estaba prohibida. Es el caso de Holocausto caníbal o La última casa a la izquierda. La naranja mecánica o Mikey directamente fueron excluidas del circuito de exhibición en salas. En otros casos, la censura actuaba en el guion y el montaje; de hecho, la estadounidense El delator, de John Ford, es la película con mayores cortes de la historia del cine británico y mundial.

El primer motivo, por tanto, de censura ha sido tradicionalmente la violencia. Battle Royale, Irreversible, Ichi the Killer o incluso Crash y Los juegos del hambre han sido prohibidas en diversos países. Quizá uno de los casos más extremos sea el de Nueva Zelanda, donde La película de los teleñecos sería censurada por una escena de violencia entre marionetas.

Aquí también podemos incluir películas desagradables en general: Un perro andaluz, El exorcista, Braindead, Pink flamingos, El ciempiés humano o la reciente Raw son algunos de los títulos que se han enfrentado a las reticencias y prohibiciones en cada continente. Especialmente sangrante fue el caso de A Serbian film: en España se prohibió su exhibición incluso en festivales y el organizador de Sitges por poco fue a la cárcel. En otros países no se emitiría La parada de los monstruos por la presencia de personas con deformidades.

Estas películas mezclan a menudo la escatología y la violencia con lo sexual. Pasolini sería asesinado en extrañas circunstancias tras el estreno de la controvertida Saló, y tanto esta película como Sweet movie serían prohibidas en varios países. Es el caso también de otras obras en torno al sexo, como Boogie nights, Bady doll, Lovelace, Love (de Gaspar Noé) o incluso 50 sombras de Grey. Por supuesto, deben incluirse obras que trama o subtexto homosexual: Brokeback Mountain, Criaturas celestiales, Milk y hasta Catwoman. La prohibición de ¿Hacemos una porno? en Tailandia es particularmente llamativa por los argumentos utilizados: que los espectadores podían tratar de imitar lo visto en la película; imagino que los tailandeses se reproducirán por gemación.

Por supuesto, en la España franquista era imposible cualquier contenido sexual, aunque los censores a menudo pasasen por alto obras muy sexuales. Garganta profunda y El último tango en París no se estrenarían hasta pasado bastante tiempo y la segunda fue juzgada en Italia por obscenidad; Lawrence de Arabia, La dolce vita y El diablo en el cuerpo serían recortadas, en el caso de esta última porque quien manifestaba su deseo era una mujer y eso era intolerable. También se cortarían varias escenas de besos entre Charlton Heston y Sophia Loren en El cid y el doblaje alteraría diálogos de Con la muerte en los talones y Mogambo, transformando escenas adúlteras en incesto al convertir en hermanos a dos amantes. Esto mismo sucedería en los 90 con las escenas de contenido lésbico del anime Sailor Moon.

También la religión es otro de los grandes motivos de censura. En España Berlanga tenía problemas constantes para estrenar sus herejías y diversos países aún se resisten a clásicos como La vida de Brian o Yo te saludo, María. La pasión de Cristo está prohibida en algunos estados de Estados Unidos y La última tentación de Cristo en Israel. Varios países árabes se niegan a exhibir Como Dios, Noé, El código Da Vinci o Virgen a los 40 (porque, claro, ¿cómo va a ser eso?), y en Myanmar directamente la película de Los Simpson no se emitió por superstición hacia los colores rojo y amarillo. Otras prohibiciones locas serían 300 en países de varios continentes por imprecisión histórica, Blue Jasmine en India por no incluir un rótulo que informe de que fumar mata y ET para menores de 11 años en Suecia.

Bélgica es el único país del mundo que, hasta donde se sabe, nunca ha censurado un largometraje, pero en general cada país ha buscado siempre favorecer obras que aporten una luz positiva y evitar cualquier sombra. En Rusia se estudia si permitir la proyección de una película sobre la aventura prematrimonial del zar Nicolás II y Corea del Norte se niega a proyectar 2012 por coincidir con el centésimo aniversario de Kim Jon Sung, abuelo del presidente norcoreano. Irán y Kuwait consideran pura propaganda la película Argo y el documental Fahrenheit, respectivamente, y Distrito 9, Borat o Piratas del Caribe 3 no sentarían bien en los países representados (Nigeria, Kazajistán y China).

Los desnudos en La lista de Schindler turbarían a muchos países árabes; además, la presentación de los judíos como víctimas le parecía excesiva al Gobierno indonesio, país de mayoría musulmana. Sonrisas y lágrimas recibió cortes en Múnich por la mala imagen que daba de la ciudad, El padrino no dice una sola vez la palabra mafia por instrucción de no sabemos quién y Malasia no daría su aprobación a El lobo de Wall Street a pesar de que uno de sus productores es hijastro del primer ministro.

Podría extenderme mucho más, pero tengo tiempo limitado. Eso sí, no quisiera terminar sin recordar la censura fascista, pues son prácticamente sus inventores. Berlusconi, por ejemplo, se tomó como algo personal la película Sopa de ganso y Franco diría de Berlanga tras ver El verdugo que era “un mal español”. Nuestro gran dictador prohibiría, paradójicamente, la película homónima y cambiaría diálogos en Casablanca y Senderos de gloria; de hecho, Román Gubern considera que el doblaje también fue un invento fascista, como estrategia censora y lingüísticamente patriótica.

Parecen haber quedado en el pasado de España las censuras a Hitchcock o el Drácula de Fisher, calificado como “para deficientes mentales”. El expediente de La momia nos deja algunos epítetos aún más sabrosos: “propia del infantilismo cultural de los mexicanos”, “No es que la crea nociva, es que la creo imbécil y para públicos analfabetos, “Siembra de confusión y errores para las masas sin cultura, que son la mayoría”. Antes de despedirme, quiero recordar que ya en democracia recibirían censura obras sobre el franquismo como El crimen de Cuenca o La mula e incluso recientemente Happiness o el inocuo documental Edificio España, que permaneció más de un año vetado por Banco Santander. Los esfuerzos por prohibir lo incómodo o desagradable seguirán, pero en la era de internet es como intentar tapar un colador con un dedo.