En el espacio de La Cata Del Cine, analizamos la recién aterrizada en salas Call me by your name

El amor es, con toda seguridad, el tropos universal más abrumadoramente explorado a través de los mecanismos narrativos del cine. Su capacidad para sumergirnos en una referencialidad próxima, levantada a partir de la invitación a ese sentido que el semiólogo Roland Barthes ya calificó como el más mágico y mitificador, el de la vista, promete siempre una investidura emocional de altos vuelos por parte del espectador. Un espectador al que se le descorre así una mirilla desde la que puede espiar en total absorción el hechizo que irá empapando los cuerpos y mentes de amantes remotos e inexistentes, que sin embargo, capaces son de transferir con fogosa verosimilitud y relieve  todas esas claves desbocadas de la mirada, la reacción en la piel, los nervios, el pulso, y demás encarnaciones del catalizador erótico.

El director Luca Guadagnino, representante de la nueva realeza de un cine italiano resucitado espléndidamente por cineastas de la talla y gracia de Paolo Sorrentino, ya colocó su penetrante mirada sobre los reclamos del deseo tanto en la estrafalaria y juguetona Splash como en esa cinta descomunal, vanguardista y altamente retórica que era Io sonno  l`amore, Yo soy el Amor.  Título por cierto, que ya en su fulgurante conjugación verbal traslada las ambiciosas pretensiones del autor por buscar dinamitar las fronteras entre el hombre y sus sentimientos, para poder navegar a toda vela por el oleaje más tormentoso de su praxis conjunta: los ejercicios de la carne.

Y ahora, con Call me by your name Guadagnino vuelve por tercera vez a embutirse en los peligrosos códices del cine romántico, eligiendo esta vez para depositar su perspicaz mirada una novela escrita por el norteamericano André Aciman. La acción se ubica en los años 80 en un pueblo de la Riviera Italiana, durante uno de esos ensoñadores estíos que una vez dejada atrás nuestra infancia sólo nos parecen posibles de florecer en el cine. La familia de Elio, adolescente de 17 años aficionado a la lectura y la composición musical, se enraíza dentro de la alta burguesía heredera del cosmopolitismo continental de principios del siglo, multilingüe, culta y progresista.

El padre, académico de arqueología, invita cada verano a pasar una residencia de varios meses a algún joven estudiante de postgrado que pueda ejercer las funciones de asistencia documental. La cinta, precisamente, se abre con la llegada a la villa italiana de Oliver, el nuevo invitado escolar de la familia. La disposición del punto de vista en el desarrollo de esta escena, que busca colocarnos junto al joven Elio en la ventana de arriba de la fachada, antepone ya las cláusulas del futuro trayecto por lo conspicuo de esos dos hombres, el primero todavía más niño que hombre y el segundo en la cima gloriosa de una hombría de índole griega, dónde la belleza sostiene un peso capital. Pegados a la respiración del púber protagonista, la perspectiva durante esta primera escena nos alerta de que tendremos que acompañarle a lo largo de todo su proceso de tanteo, caída y enamoramiento, manteniéndose siempre la cámara estrechamente cómplice al deseante y cautelosamente distante del objeto de deseo.

Sin apenas sectores flacos en un metraje que supera las dos horas, Guadagnino va construyendo su historia con un ritmo pausado, casi lánguido, practicando una filosofía del goteo de lo aparentemente mundano, regodeándose en la descripción de la bucólica atmósfera veraniega y plegándose muy bien a ese sentido dilatado del tiempo vacacional, lleno de momentos que parecen muertos pero que en realidad sirven de receptáculos para la abulia angustiosa que domina a Elio una vez ya ha sucumbido a la obsesión. Sus largas esperas inactivas, y los acorralamientos a la voluntad de tener que resistir hasta poder verdaderamente dejarse llevar, convierten la cama de Elio en un espacio informativo trascendental, un albergue de sí mismo, un refugio dónde poder permitirse la postración amorosa. Y el resultado de la paciencia con la que el cineasta va dosificando el crecimiento de la atracción de Elio es que vuelve más celebratoria su conquista. Así, cuando finalmente los dos amantes caen uno en brazos del otro, descubrimos en nosotros una especie de anhelo aliviado. Al igual que también muy pronto empezamos a sentir inquietud por la entrada en escena de la inevitable desesperación de Elio, sabiendo que el precio a pagar de un placer verdadero y puro, como bien le corrobora su padre en esa magnífica charla confesional del final, es un dolor igualmente verdadero y puro.

Guadagnino entiende bien las complejidades y contradicciones del despertar sexual de sus personajes, y quiere y consigue enseñárnoslo con la misma sensualidad que elegancia. La condición homosexual del romance no interpone demasiadas diferencias con lo que supondría el recorrido canónico de cualquier otro amor prohibido con sus inevitables barricadas, cuyas consecuencias aquí toman forma en la revelación telefónica hecha por Oliver o en esa reflexión substancial acerca de lo fatídico de la represión de los sentimientos que se destila en la recta final. Y es que al cineasta le interesa más la experiencia individualista del deseo que la consumación social del mismo, y su estudio de Elio, apoyado por la magnificencia de la interpretación del precoz actor neoyorquino Timothé Chamalet, posee la violencia turbadora de lo transfigurativo.

En cuanto al apartado técnico, denoto que mantener la cadencia fílmica en una marisma de fluctuaciones emocionales como las que se dan en Call me by your name supone todo un reto para el montaje y la musicalidad secuencial, reto que la película de Guadagnino afronta con verdaderas cuotas de pericia y cohesión. Por otro lado, la bella fotografía exterior de la fertilidad de la campiña endulza el marco en el que germina el romance de Oliver y Elio, que, tomando prestada la plástica voluptuosa del Renacimiento, tiene lugar entre lagos y bosques, bajo el aliento de lo frutal. Y mención especial, como ya comentaba antes, a las entregadísimas interpretaciones de Timothée Chalamet y Armie Hammer, que hacen del lenguaje físico y de una jovial sutilidad las herramientas fundamentales en la construcción de su relación.

Call me by your name se corona como una grandísima obra sobre las elevaciones y estragos del amor, sobresaliente a la hora de retratar esa terrorífica dicotomía de los cuerpos apasionados, la encrucijada que los atrapa entre lo invulnerable y lo frágil. La película triunfa en la umbría y el deseo, y nos trastorna por su honesta demostración de la casi devastadora lozanía con la que se abren las pieles juveniles al aire puro del mundo, en su más prístina morfología, permitiéndonos un voyerismo de la desidia exhausta que provoca la enfermedad del amor. Una dolencia que comparte con la idea de juventud su tendencia a la extenuación y la finitud, a negar la posibilidad de la muerte, y por tanto, también de la repetición. Guadagnino consigue que formar parte de la intimidad de Elio nos resulte una experiencia sensual y vertiginosa, por el doloroso reconocimiento de lo que vemos que atraviesa, y sobre todo, porque nos gustaría engañarnos y engañarle, hacerle creer que permanecerá dónde está siempre, desafiando la decadencia natural de la pasión. Rogamos así que que su deseo continúe siempre vivo en ese vergel italiano, entre las frescas rodajas del verano, en toda su gloria baconiana de jugos de melocotón y pieles torrándose al sol.