En la última Cata del Cine de 16Novenos, el espacio que dedicamos a la crítica cinematográfica, lanzamos varias preguntas al aire. Porque aquí nos gusta mucho reflexionar: ¿Seríamos capaces de vivir completamente aislados del mundo actual? ¿Podríamos vivir sin Internet, sin televisión, sin dinero, subsistiendo de la forma más naturista y primitiva posible? ¿Qué pasaría si nos inculcaran desde pequeños unos valores que no casan con lo que está establecido? ¿Nuestras relaciones serían más sanas sin el consumismo voraz que azota nuestra vida? Todas estas preguntas y muchas más se las puede hacer perfectamente el espectador que vaya a ver Captain Fantastic.

El actor Matt Ross dirige y escribe su segundo largometraje en forma de cuento. Un cuento en el que retrata los prejuicios del estilo de vida contemporáneo, dando una visión alternativa llevada a cabo por los protagonistas de su relato: una familia que vive en plena naturaleza.

Se podía decir que se trata de una tribu de pequeños niños todoterreno liderada por el padre, Viggo Mortensen, uno de esos actores que no han terminado devorados por el lado comercial de Hollywood y cuyo papel le va como anillo al dedo. Completan el reparto estelar los niños, cada uno totalmente adherido a su personaje y al rol que representa en la familia. Un estupendo George McKay que ya vimos en la británica Pride, seguido de Samantha Isler, Frank Langella, Kathryn Hahn y Steve Zahn.
Este debate, tan claro a simple vista, se disfraza con situaciones cómicas que esconden el verdadero drama, pero aun así, sigue invitando al espectador a meditar acerca de hasta qué punto la tecnología y el consumismo están modelando nuestra forma de vida.

Dos momentazos destacan claramente en la película. Uno de ellos es que los niños, al estar apartados del consumo también los están de las marcas comerciales, no saben cuál es la diferencia entre Adidas o Nike, a qué sabe la Coca Cola o como se come carne sin ser cazada antes. El otro es que al haber sido educados por su padre de una forma muy exhaustiva, son niños ultra inteligentes que en vez de celebrar el día de Navidad prefieren celebrar el día de Noam Chomsky, y que en vez de gritarse y pegarse entre ellos, como haría cualquier hermano, se escuchan y tienen debates sobre sus propias versiones de la vida. Podríais pensar: “vaya niños más pedantes”. Pues no, no da tiempo a eso. Lo que dura la película, el espectador se lo pasa flipando con sus comportamientos.

En definitiva,  Captain fantastic es una de esas películas que dejan huella. De esas que no olvida uno ni aunque se ventile una botella de whisky del tirón, aunque igual sumando esas dos cosas lo único que consiga sea darle más y más vueltas a la trascendencia de la historia.

Pero no sólo destaca el guion. Esta película se sustenta en varios pilares fundamentales sobre los que se erige la cinematografía moderna: uno de ellos es la fotografía de Stéphane Fontaine, que decidió jugar con los desenfoques que tanto están de moda y controlar la luz natural, consiguiendo una estética que muchos relacionan con Wes Anderson, pero que en realidad es mucho más naturalista, (Que ahora por seguir una paleta de color medianamente llamativa ya todos somos Wes Anderson).

Otro de estos pilares magistrales es el trabajo del director, premiado en Cannes y además guionista. Conseguir mezclar en una segunda película comedia, simpatía, melancolía, y lágrimas; más una pizquita de subtexto sobre la dificultad de ser padre y los valores fundamentales que les transmitimos a nuestros hijos es, por lo menos, algo admirable de ver, y más aún si sale bien.

Por último, habiendo hablado ya de las magníficas interpretaciones, es la música de Alex Somers. Un norteamericano afincado en Islandia que intenta aunar el estilismo visual elegido en la película con los tonos de sus composiciones para que casen de manera perfecta con los tiempos que pide el guion.

La historia en sí, aparte de este estudio sociológico, también contiene el típico drama familiar, y el motivo por el que la familia decide sumirse en la sociedad moderna, el suicidio de la madre. Es una historia que no oculta cierto tonto autobiográfico, ya que el propio director vivió durante muchos años en una comunidad alternativa que su madre ayudó a fundar.

Os preguntaréis, ¿y cómo acaba la película? ¿Qué forma de vida es mejor? ¿De verdad es posible escapar de todo y vivir en la república independiente de tu propia vida? Parece ser que Matt Ross encuentra una especie de solución, pero parece más una vía de escape para salir contento del cine y que no te dé por tirarte desde un quinto piso al llegar a casa.

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