Teniendo en cuenta que la crítica de la semana en nuestra Cata del Cine es a Trainspotting 2,  no es difícil imaginar por dónde nos van a llevar los pasos de este Trotamundos. Sí, amigos, cine y drogas.  Pero antes de todo: pongamos que estamos de acuerdo en entender una parte del cine como prolongación de los deseos subconscientes de sus creadores y espectadores. Y es que acudimos a las salas por muchas razones, todas ellas legítimas, pero nos guste o no, una es la de la satisfacción de nuestras pulsiones latentes.

El Séptimo Arte ha amamantado desde siempre la fascinación colectiva por los rincones más tenebrosos que esquinan el alma humana. El otro día un amigo me decía después de haber visto la devastadora La Herida, que resulta siempre hipnotizador mirar en pantalla cómo otra persona se autodestruye. Yo le daba la razón: efectivamente, existe un inmanente magnetismo en la observación directa del desmoronamiento del ser. Instinto cuya ejemplificación más cercana es esa incontrolable tentación que nos induce a mirar el accidente de tráfico de la carretera. Y antes de hablar del tándem cine y drogas me parece interesante remarcar esta inclinación humana a testificar la ruina de la vida. Sobre todo porque es algo que la imagen audiovisual en particular nos ofrece con rotundidad a través de ficciones generadoras de un simulacro realísimo, capaz de espantarnos y saciarnos al mismo tiempo. No hay más que ver la productiva pasión con la que históricamente el cine ha buscado trabajar los materiales de la locura y la violencia.

Las adicciones son, por supuesto, otro de los más prolíficos caldos de cultivo fílmicos para esta revulsiva atracción de la destrucción, al engendrar un género en el que a menudo se mezclan precisamente tanto locura como violencia. Es el caso del personaje de Tilda Swinton, la alcohólica desesperada de la francesa Julia, película que el propio director, Erik Zhona, admitió haber hecho en redención a sus propios problemas con la bebida.

El caso es que si examinamos la inagotable cantera de películas sobre las drogas, creo que pueden sugerirse tres categorías distintas en función del punto de vista, todas ellas avaladas por un sinfín de cintas archiconocidas: están las que apuestan por el retrato íntimo-dramático del adicto, como las clásicas Días sin Huella, ¿Quién teme a Virginia Woolf? o Días de Vino y Rosas. Luego tenemos las que buscan reflejar las estrías de esta realidad desde la crítica social, con referentes como Traffic, María llena eres de gracia o American Gangster y esa familia semejante de thrillers policíacos que versan sobre los entresijos del narcotráfico. Y por último, las que se funden en el propio acto psicotrópico a través de las posibilidades del surrealismo, vertiente dentro de la cual encontramos films ya míticos en la cultura popular como Réquiem por un sueño, Enter the void o Miedo y asco en Las Vegas.

Títulos sonados sobre los que volver a hablar sería muy aburrido. Por tanto, una vez mencionados los dejo aparte, y en el recorrido de hoy propongo descubrir 4 películas del género más olvidadas, y re-descubrir otra que nunca se olvida. Todas colocan la mirilla en las drogodependencias y sus efectos.

Empezamos con The Trip una película de contracultura del año 67, precursora en hablar sobre el LSD, sustancia por entonces relativamente inédita. Dirigida por Roger Corman, tiene la curiosidad de haber sido escrita por el actor Jack Nicholson en una de sus incursiones en el terreno guionístico. El argumento nos presenta a un realizador televisivo que decide probar estas novedosas pastillas como herramienta de evasión de su estado depresivo, sumergiéndose así en un trayecto mental altamente psicodélico. La película se esforzó, a través de efectos fotográficos y montajes de fantasía, en aproximarse a una sensorialidad visual caótica que reflejara con acierto la experiencia del consumo, logrando a su estreno un enorme revuelo y varias censuras.

También dentro del cine americano pero ya en los albores de nuestro siglo, recomiendo una rareza distópica, sugestivamente filosófica y formalmente singular, al haberse rodado en digital con actores como Keannu Reaves y Winonna Ryder para ser animada posteriormente  a través del método de la rotoscopia. Se trata de A scanner darkly, adaptación concebida por el original Richard Linklater sobre una novela de Philip K. Dick , que presenta un EEUU futurista y multi-vigilado en el que la sociedad se haya sumergida en la decadencia más absoluta debido a un brote epidémico de las drogas sobre la población. La cinta abre con el claustrofóbico delirio de un hombre atacado por parásitos y toda su narrativa está impregnada de voces en off cargadas de reflexiones nihilistas:

Y  de los alucinógenos americanos pasamos al cine europeo más trágico y descarnado, con dos durísimas representantes que me gustaría rescatar aquí. La primera es Yo, Christina F. película de culto del 81 filmada en la por entonces República Federal Alemana. Basada en hechos reales, la película recogía sin tapujos la cultura de la drogadicción adolescente del Berlín de mediados de los 70, centrándose en la espiral autodestructiva en la que se sumergió una niña enamorada de la discoteca de moda de la ciudad. El estremecedor eslogan de la cinta avisaba ya de su visceralidad: “A los 12, era apenas polvo de ángel. A los 13 abrazó la heroína. Y a los 14 comenzó a frecuentar las calles”. Con actores no profesionales y dirigida por Uli Edel, la historia exuda un realismo despiadado con segmentos difíciles de aguantar, como son los de la cría inyectándose los brazos o su espantosa inmersión en la prostitución. Triunfó en taquilla gracias a la participación de David Bowie, que quiso involucrarse en la producción al enterarse de que la primera vez que la verdadera Christina inhaló heroína fue después de un concierto suyo.

Y otra aportación, más silenciosa pero igualmente desgarradora es la noruega Oslo, 31 de Agosto, crudo acompañamiento de un joven drogodependiente en su primer día de salida a la ciudad tras años encerrado en un centro de desintoxicación. Dirigida por Joaquim Trier, existencialista y tristísima, la cinta retrata con  meticulosidad la desesperanza vital del protagonista y su obsesión por el tiempo perdido, así como el aislamiento brutal en una urbe en la que no se espera a nadie y en la que nadie espera nada. Yo la vi en el cine  hace años y me impresionó lo suficiente como para que recordara haber escrito sobre ella. Esto pensé entonces acerca de la esencia del personaje principal: “extrema advocación existencial a través de vagas e incrédulas acrobacias sin hilo, que vienen a ser un conjunto de mórbidos movimientos en el vacío.”

Y cierro con un película que me devuelve a lo mainstream, que es tan célebre como  indispensable, y que a mí me trastornó hasta el fondo cuando la vi por vez primera. El Nicolas Cage de Leaving Las Vegas y su apología de beber hasta desaparecer encarnan en carne viva la revulsiva atracción a la destrucción que mencionábamos al principio con referencia al espectador, y que en este caso, él aplicaba a la botella. Es así: sabemos que en las adicciones, y por ende, en el cine que las eterniza, se conjugan radicalmente los dos polos del imán: el del éxtasis y el de la muerte, como bien exponían las palabras del protagonista de RocknRollar con las que he abierto la sección.


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