Una tragedia griega sobre el mundo de la moda ambientada en los años 50, así es El hilo invisible, el último trabajo del veneradísimo director Paul Thomas Anderson.

La virtud de todas las disciplinas artísticas es y será siempre provocar reacciones en el espectador. Te conmueven, te irritan, te apasionan. Así he sentido yo El hilo invisible, como un cuadro que retrata la personalidad de un hombre y de una mujer y la fluctuación de sus emociones, todo visto desde fuera, sin empatizar con ninguno de los personajes, pero admirándoles desde el otro lado del cordel rojo infranqueable que señaliza un sutil “no pasar”.

Las contradicciones universales, las dudas, los anhelos, la desconfianza, las obsesiones, el miedo a la muerte, la dependencia, son factores que están ahí y adquieren mayor o menor intensidad a medida que avanza la película, pero permanecen intrínsecos en la trama, escapando de todos los límites espaciales y temporales de la historia.

Este relato sigue el rastro de The Master, el amor entre un maestro y su alumna, su musa, y la transformación que sufren ambos, reduciéndolos a cenizas para resucitarles después cuál ave Fénix lleno del amor más puro. Tanto Daniel Day-Lewis, como Lesley Manville o Vicky Krieps, interpretan a personajes inadaptados, confundidos con el devenir vital habitual y viviendo al borde del abismo de forma perenne.

El filme cuenta con seis nominaciones a los Oscar, incluyendo Mejor película, Mejor director y Mejor actor principal, una década después de que el dúo Paul Thomas Anderson – Daniel Day-Lewis triunfara con Pozos de ambición. Después de finalizar el rodaje el actor anunció su retirada del cine. Entre los motivos de su decisión estaba la tristeza que sintió al terminar el rodaje y la implicación tan intensa que había sufrido en el proyecto. Siempre se ha dicho que Lewis es extremo, que se mete completamente en el mundo interior de su personaje y analiza en profundidad su interacción con el exterior y los motivos que le llevan a ello, todo desde dentro.

Vicky Krieps, su compañera de reparto fue para mí la gran sorpresa. Fue una experiencia sobrenatural sentir la conexión que existe entre ambos personajes. Dos extrañas criaturas que se reconocen profundamente el uno en el otro a través de la observación. Sobran las palabras, la edad, la clase social, todo se diluye para dar paso a una energía pura que los une a los dos. Incluso se deja entrever ese instinto maternal que suena a topicazo pero que en este contexto es un pilar fundamental para la historia, y que ellos viven de una forma que pocas veces he visto, sin tabúes y sin florituras. Él es un niño y ella le cuida, punto.

Quizás por esta razón el director evitó caer en la sexualidad explícita. No es algo que el público necesite ver aquí. Nos alejaría de la trama porque comenzaríamos a analizar cada detalle físico, qué se enseña y qué no, y en una historia así queda hasta vulgar.

Otro aspecto que me parece digno de análisis es que Paul Thomas Anderson haya conseguido que un vestido transmita emociones. Es el único personaje con el que el espectador logra empatizar. Con esto no quiero decir que de repente aparezca en escena un vestido que habla y tiene vida propia, si no que al ser el vínculo que une a los dos personajes, es inevitable sentir algo más que admiración por la belleza de la tela o el diseño. El vestido se convierte en un vehículo para transmitir emociones, tanto para los personajes principales como para los secundarios.

La delicadeza del arte al estilo romántico y su fusión con la época, los años 50, hace que nos tele transportemos a una película de época como podría ser Lo que queda del día, de James Ivory, protagonizada por Anthony Hopkins y Emma Thompson, ambos espectaculares y hermosamente contenidos en sus emociones.

Anderson además, renuncia a las nuevas modas cinematográficas volviendo a una fotografía en segundo plano, presente para recalcar pero dejando el protagonismo al arte y a los personajes. Algo que me alegra ver después de la saturación mental que me causa esta nueva corriente de dar primacía a la imagen y al efectismo del color y la saturación. Lo que sí sobresale y acompaña de una forma perfecta es la música de Jonny Greenwood, el compositor inglés integrante de la banda Radiohead del que ya hemos hablado alguna vez en el programa.

Pues aparte de crear una partitura exquisita que ha devuelto en mí las ganas de volver a tocar el piano, no es coña (desde Marianelli en Orgullo y Prejuicio), marca la intensidad constante de la película. Aunque a simple vista El hilo invisible se constituya como una obra lenta, tiene un ritmo frenético. En parte por la trama y los personajes, pero también por la música.

Prácticamente no hay silencios, y si los hay es para marcar una emoción muy concreta, como la irritabilidad del señor Woodcock (Day-Lewis) a la hora del desayuno. (A mí tampoco me gusta la gente que hace ruido al comer)

A modo de conclusión me gustaría dejar claro que a pesar de sus nominaciones a los Oscars no considero que sea una película para todos los públicos, si no para un selecto grupo de expertos cinéfilos. ¿Por qué? Porque si no tienes un bagaje previo en cuanto a ritmo y lenguaje audiovisual te va a costar seguirla sin que se te cierren los ojos. Yo aviso porque luego me llevo broncas, sobre todo por parte de mis padres.

Luis Martínez lo expresa muy bien en el suplemento “La luna de Metrópoli”: “La pregunta es si los académicos de los Oscar caerán en la cuenta de que esta cinta juega en otra liga”. Y así es, esta película juega en primera división, cuando no solemos pasar de segunda B.


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