Al director griego Yorgos Lanthimos acaba de estrenar El Sacrificio de un Ciervo Sagrado y le hemos reservado siempre un espacio de honor en este programa, en primer lugar porque fue el hombre responsable de que consiguiéramos ir juntas al cine las cuatro madres de 16 Novenos, concretamente a ver Langosta el pasado año –y he decir, muy a mi pesar, que aquella fue la única ocasión hasta la fecha.

Y en segundo lugar, y el más cinematográfico e importante, porque es uno de esos escasos autores tan visionarios como universales, cuya manera de mirar el mundo queda cruzada en transversal por su deformación original a la hora de retratarlo con la cámara. Lanthimos es un director de extravagancias y verdades, ambas habitualmente presentadas crudas, incómodas, y a menudo bañadas por un nervioso y amargo sentido del humor. Es así mismo un maestro del desasosiego y de lo desconcertante, un degustador nato del absurdismo postmoderno, como si fuera un Beckett recocido por gases alucinógenos, pero siempre, siempre, tan directo y seco como un golpe en la cabeza. La locura de sus puntos de partida establecen las medidas, no obstante, de un cine apretado, áspero, retorcidamente inteligente, y casi tóxico en ocasiones.

Porque sus universos de ficción, tan amparados por las estructuras excéntricas o los resortes delirantes, esconden en realidad estudios oscurísimos de la condición humana. Retratan el hombre como un ser banal, insulso o desgraciado, a menudo patético y siempre capaz, sin apenas parpadeo alguno, de acometer atrocidades o dejarse vergonzosamente en la más animal de sus animales evidencias.

El cine de Lanthimos, en definitiva, es un cine que le coloca a uno contras las cuerdas, como sus personajes, impertérritos, acaban vez tras vez enclaustrados en burbujas de presiones ambivalentes pero terribles. Una vez internado en su manera de mirar, el salvoconducto otorgado al espectador le garantiza un viaje de oxímoron, signo y belicosa visceralidad, pero también una malévola promesa de entubarle de pensamientos inquietantes, que como un tumor imparable, nos van recorriendo y reproduciéndose por debajo de la piel.

Y tras aquel experimento malvado y brillante que fue Canino, constituyente además de su trampolín mundial, de la más pálida y desapercibida Alps y de la ambiciosa e inclasificable Langosta, en la que el griego abrazó las posibilidades de los elencos conformados por grandes estrellas hollywoodienses, su último cachorro y el que nos ocupa, se introduce en primer lugar con uno de los títulos más líricos y espléndidos del año:  El sacrificio de un ciervo sagrado.

Y sí, para escupir cuanto antes el parlamento conclusivo: Lanthimos ha vuelto en pletórica madurez de sus facultades, dispuesto a no darnos tregua ni seguridad ni sueño, ávido de removernos (o maltratarnos, según se vea) el estómago, el corazón y el cerebro. Tanto, tanto ha vuelto, y tan tan sí mismo se planta sobre su nueva obra, que me atrevería decir que “El sacrificio” es lo más Lanthimos que ha hecho Lanthimos jamás.

Tres palabras como tres tajos: si tuviera que manejarme sólo con unos pocos adjetivos para articular mis impresiones generales sobre el film, serían provocadora, perturbadora y perversa.

Esta crítica, que aprovecho para comentar ha sido apañada varias semanas después de que pudiera verla en el pase de prensa, difícilmente alcanzará a reunir el sentimiento de malestar denso e incierto que me acompañó durante las horas siguientes a salir de la sala de proyección. Pero yo siempre he rendido reverencia a todo arte capaz de producir una afección perduradora, un ataque inclemente sobre nuestra carcasa mayor, tan ablandada por la rutina y la costumbre, y no en exclusive durante el momento en el que se consume. Obras y ejercicios que nos llenan la boca de náusea y la mente de picores extraños, que nos provocan insomnio y períodos en blanco, y en definitiva, que son capaces de que efectuemos una escalofriante relectura de nuestros sistemas y esquemas, para que dejemos escurrir esa letal pregunta de: “¿quiénes somos?” o “¿hasta dónde podemos llegar?”

Y como podréis haber sospechado para ahora, no dejo si no dar círculos en torno a la esencia central de “El sacrificio”, es decir, sobre la historia de la película en sí. Y efectivamente, y esta maniobra de evasión está manipulada a propósito, pues estamos ante una película de cuya trama es difícil hablar sin reventar un SPOILER gigantesco y trascendental, armazón último del film, y entre cuyas causas y consecuencias pende y oscila un argumento con aparente inanidad de superficie, pero de una reverberación tumultuosa en profundidad.

Haré lo que pueda, pero insisto en mantener los contenidos enajenados de cualquier destripamiento que pueda limar la barbaridad de los efectos que la película tiene en el espectador cuándo éste la observa en directo, sin conocimiento previo acerca de ninguna de sus pesquisas. La experiencia así me lo obliga.

Colin Farrel, flagrante actor fetiche del griego desde su química colaboración en “Langosta”, encarna a un cirujano reputado, con una personalidad media y un tonillo a la hora de hablar similar a esa robótica y cómica interpretación que ya nos regaló el actor en la propia “Langosta”. Su corriente, y en el fondo, monocromático e impersonal personaje está felizmente casado con una prestigiosa oftalmóloga, que toma la piel de la grandísima Nicole Kidman, actriz que en la cima de su madurez parece estar construyendo, no es por nada, la cima misma de su estelar carrera. El matrimonio tiene dos hijos, una casa bonita y grande, una rutina de comodidad y agradado.  Y también tiene, en particular el cabeza de familia, una misteriosa relación con un adolescente…, que más tarde se descubrirá, tiene una serie de sistemáticos problemas y una vil y destructora capacidad de prevención y adivinación del futuro. Una serie de desencadenantes somáticos en los hijos de la pareja comenzarán a replegar las múltiples capas de una estremecedora condenación que comienza a cernirse sobre la familia.

La película se abre con un impactante plano cenital de un pecho abierto en el quirófano, dentro del cual palpita, bajo una línea musical de ópera, un corazón. Revelador y rítmico umbral a los pasillos de un hospital grabado con grandes angulares, simetrías y una buscada gelidez de movimiento y aproximación. Será esa atmósfera clínica, fría y distante, el entorno en el que se desarrollará la violencia del dilema que capitaliza el film, y en el que los personajes, degenerados bajo la presión de la espera, irán arrastrando sus cuerpos y sus emociones. El ritmo lento, casi exasperante, y la facultad de Lanthimos para confeccionar una telaraña de hipnosis tensa, únicamente asaltada por momentos puntuales de agresividad, conjugan una electricidad en la que lo abominable de lo que estamos contemplando nos eriza de arriba abajo.

Como siempre sucede bajo la batuta del griego, la inverosimilitud del detonante y lo escéptico de los puntos de giro no son sino excusas para la creación de un contraste espantosamente desconcertante con las temáticas que el director pretende, en carne viva, hacer que olfateemos. Y como siempre con Lanthimos, no hay preguntas directas, ni respuestas tranquilizadoras, sino sólo un lento disparo a nuestras entrañas, a cámara lenta, y el maléfico virtuosismo que posee para forzar que nos inquiramos cosas a las que nunca si no nos hubiéramos atrevido, o se nos hubiera ocurrido, observar.

Lanthimos nos ahoga en nuestra propia claustrofobia de no querer saber. Y con “El sacrificio del ciervo sagrado”, el espacio de encierro en el que nos sumerge, y lo agobiante de ese conocimiento intranquilizante que nos espera tras sus imágenes, se hayan más monstruosamente precipitados contra nosotros que nunca.


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