Vaya por delante que la película que vamos a analizar hoy en la sección de la crítica lleva en la mochila nada más y nada menos que 13 nominaciones a los próximos Premios Goya, un Premio Especial del Jurado en el Festival de San Sebastián y el Premio Irizar al cine vasco. Esto, cuando uno va a ver la película ya sienta las bases de cómo se la toma. Pero al igual que todo lo grande que puede ser uno también lo puede tener de tonto, No por muchas nominaciones significa obra maestra. Hablamos de Handia.

Los creadores de Loreak, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, éste último pasó por 16 Novenos a presentarla, lo han vuelto a hacer. Apostar por un nombre vasco para sentar las bases de una película coqueta y humilde que de repente se sitúa como la gran ganadora. Handía, que en el idioma vasco quiere decir algo así como “grande”, “grandioso”, está basada en la historia real del Gigante de Altzo, el hombre más alto de la época que se creyó gigante y su hermano Martín. Ambientada en el siglo XIX, nos cuenta el viaje que durante veinte años hicieron los hermanos Eleizegui por toda Europa mostrando lo que nadie había visto hasta entonces.

La película busca enterneceros desde el primer momento, creando a unos personajes humildes, en pleno conflicto Carlista, donde la decisión de un padre cambiaría la vida de dos hermanos. Pero más allá de eso, Handía pretende ser un retrato de la época, con una escenografía muy cuidada y una estética admirable.

Sin embargo, aunque Eneko Sagardoy está muy bien elegido para el papel de Joaquín, su poder se va desmoronando a medida que pasan los minutos. Lo que nos parece muy interesante como punto de partida, se va convirtiendo en algo cansino hasta que por una gran falta de ritmo en el nudo de la historia el espectador se desengancha y de repente ya no está viviendo la historia.

Handía pretende ser una historia de descubrimiento. Una oda a todos esos “inventos” del hombre que por desconocidos resultaban sorprendentes. Esa diferencia que puede llegar a tener uno por ser único. Pero al igual que la novedad se gasta y uno pierde la importancia cuando aparecen más como él, lo mismo pasa con Handia, cuya trama se va desintegrando. El espectacular desarrollo y poder del personaje principal hace que no queden definidos el resto de personajes y al final la película pasa a girar en torno a una trama demasiado lineal que pierde la emoción cuando a mitad del metraje ya se anuncia el final.

A pesar de ese palo en el camino. No se puede negar que Eneko merece ganar el Goya, aunque solo sea por la implicación con un personaje tan complicado de representar, con la ayuda eso sí de un equipo de arte magnífico.

Sin embargo, aunque la historia, o más bien su desarrollo, tiene luces y sombras, el propio viaje de descubrimiento del personaje si es, en cierta manera, interesante. Una reflexión a modo de fábula sobre la fama que resulta incluso cómica. Es parecida la sensación a la película Eduardo Manostijeras, cuando veíamos a ese “monstruo” que no es consciente de su diferencia, campar por ahí entre un mundo de humanos “normales”. Reflexión interesante también sobre lo que nos transforma el poder, la fama y el dinero, el cómo nos nubla la vista y nos hace apartarnos del objetivo inicial. Sin embargo, la metáfora que ya nos enseñó el cuento infantil de “La lechera” se ve venir desde el primer acto y no sorprende cuando en pleno clímax de la película, sucede.

Pero también es una película sobre el amor en sí mismo, a lo que uno está dispuesto a renunciar con tal de ayudar a alguien importante, alguien que quiere. Y también es una reflexión sobre el reparto que hace la naturaleza. A unos les da cualidades excepcionales pero no les otorga la capacidad de saber gestionarlas y a otros por el contrario les da el don de la visión, la inteligencia necesaria para gestionarlas pero no les ofrece esas cualidades.

Destaca como punto muy positivo de la película una banda sonora dirigida por compositor francés Pascal Gaigne, uno de los mejores músicos de cine del panorama actual que ha compuesto otras cintas como El Olivo, El Faro de las orcas o El sol del membrillo.

¿Pero qué enfermedad tenía realmente el gigante de Altzo? Su nombre técnico es acromegalia, una enfermedad crónica, causada por una lesión de la glándula pituitaria, que se caracteriza por un aumento de tamaño de las manos, de los pies, de las mandíbulas y de la nariz. El término acromegalia se utiliza cuando la enfermedad se inicia en la edad adulta. Sin embargo, si aparece durante la infancia, se denomina gigantismo. De ahí la leyenda y de ahí el éxito en la buena caracterización del personaje con esas deformaciones propias de la enfermedad.

La inclusión de múltiples lenguas en Handia hace de ella una pieza que se debe ver en versión original. Si tenéis la oportunidad os invitamos a que la veáis así para captar la dificultad que plantean los conflictos lingüísticos cuando los personajes se van a conocer mundo. Nos habla de la carencia de las provincias bilingües a  la hora de hablar castellano en el siglo XIX,  y también las dificultades que eso luego conlleva cuando salían de las fronteras sin conocer el inglés o el francés.

¿Las cuestiones estéticas superan al ritmo fallido? Habría que valorarlo, lo que si que es cierto es que el cine español necesita más películas arriesgadas como esta en las que se cuenten historias originales, se recupere la perfecta estética y se consiga enternecer a al monstruo, hasta el punto de sentirnos identificados con él por todas aquellas veces que sentimos que no encajábamos y no tuvimos el valor de hacer de nuestra diferencia un valor añadido.


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