¿Qué le puede fallar a una película de cine aparentemente político, en unos paisajes nevados espectaculares y con Ricardo Darín y Elena Anaya en el elenco? Quizá intentar hacer una película reflexiva incluyendo excesivos hilos narrativos sea el pecado que a mi parecer comete Santiago Mitre en su última película: La Cordillera. 

Ricardo Darín interpreta a Hernán Blanco, el presidente de Argentina. Un tipo callado, sosegado, que solo lleva 6 meses en el poder acomplejado por su invisibilidad en los medios de comunicación. Apodado como “el hombre  común”,  la trama expone a sus protagonistas en el contexto de una cumbre de líderes latinoamericanos en Chile en la que se debate quien se queda con el pastel de una nueva petrolera regional. El diseño del presidente brasileño chocará con un ambicioso y caradura presidente mexicano y los Estados Unidos terminarán llamando a la puerta reclamando su porción de pastel por eso de ser “también” América.

Es el contexto en el que se desarrolla la tercera película de Santiago Mitre. A 3.600 metros de altura en la cordillera de los Andes, donde el óxigeno no les debió llegar bien a la cabeza para pensar que si se trataba de un thriller político, luego acabó derivando a un drama al uso, que le cedió terreno a lo sobrenatural.  El espectador lo empieza a notar cuando a los 20 minutos de película todavía no ha pasado realmente nada.

La trama se estructura de manera muy lenta, planos muy largos que aparte de una escenografía lograda no aportan mucho más y que lastran el ritmo de thriller que pretende el film al inicio. Solo cuando aparece el personaje de la hija uno empieza a pillar que quizá la vida personal del presidente sea lo que realmente se va a contar.

Pero lo cierto es que delante de la pantalla van pasando una serie de personajes sin garra, que no convencen y a un ritmo demasiado pausado para enganchar. Ni siquiera Elena Anaya en el papel de periodista prestigiosa consigue darle el despegue a un guion lleno de clichés y el discurso rancio, aunque cierto, de que detrás del poder de un hombre siempre hay una cabeza de una mujer mucho más lista, mucho más coherente y mucho más buena. Es el papel de Érica Rivas, la asesora del presidente que tiene que lidiar entre aconsejarle en política y a su vez hacer de consejera familiar.

Y comenzamos a entrar en una especie de realismo mágico cuando bajo el colchón de un libro que prepara la periodista, la señorita Klein, interpretada por Elena Anaya, para la cual se va citando con los distintos dirigentes. Nos ofrece entonces una visión sobrenatural del poder, los fantasmas de la mente que persiguen al exceso de poder y la maldad que encierra cualquier puesto político como condición intrínseca.

Y es curioso porque la película solo destaca como un producto ingenioso cuando se tocan los géneros de comedia y de reflexión. Comedia sobre la complicidad entre una hija y un padre que no saben nada el uno del otro y reflexión sobre los fantasmas que atormentan a una joven que pasa de ser una loca a convertirse en la más cuerda.

Y quizá esas curvas que nos presenta el director por las que circula una comitiva de coches oficiales, sean también las curvas que experimenta un guion que se queda descolgado. Porque ya no se trata de no resolver los asuntos, que al espectador no le viene mal pensar de vez en cuanto, se trata de cambiar la intensidad y generar una idea que luego no es. Y en concreto me refiero a la trama de la hija, interpretada por una espléndida Dolores Fonzi que queda desaprovechada por una mala gestión del metraje y un desajuste a la hora de conformar la historia. Ni siquiera el tema político resulta interesante porque no tiene garra. No engancha a excepción de un par de secuencias de conversaciones sobre asuntos políticos interesantes que nos confirman los trámites, tejemanejes y entresijos de la política.

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Y claro, la pregunta que le hacían en El País al director era obligada: ¿Qué pensarán los presidentes mexicanos y argentinos cuando vean la película? A lo que él, esquivando la bala contestaba: “Los mexicanos son tan críticos con su clase política que probablemente les gustará”. “Y los argentinos nos quejamos de todo, así que…”.


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