Se han hecho numerosas películas sobre el paso de la niñez a la adolescencia y posteriormente a la edad adulta. Si nos ponemos a medir con la vara de Hollywood este viaje se ha contado desde todos los prismas que ofrecen todos los clichés, el marginado que triunfa, el que descubre su homosexualidad en el camino, el que sobrevive en un ambiente familiar conflictivo… La película que analizamos en La Cata del Cine va mucho más allá de esos clichés. Los utiliza, los mezcla en una coctelera llamada cine Indie, y los sirve de una manera original para demostrarnos que se puede contar la misma historia, utilizando los mismos elementos, pero haciéndolos brillar de manera autónoma. Es la gran olvidada de los Oscar, Lady Bird.

La actriz estadounidense Greta Gerwig se pasa al lado de la dirección para ofrecernos una película que constituye un recuerdo. No el suyo propio porque ha reconocido que no es autobiográfica, pero nos muestra el recuerdo que ella tiene de su ciudad natal, Sacramento.

Allí nos presenta a Christine McPherson, que se hace llamar Lady Bird, como dice ella, “dado por mí, para mí”. Una estudiante de 17 años a la que acompañaremos por todos los recovecos de lo que implica ser adolescente en un barrio marginal de Estados Unidos.

Personalmente, ateorra de mí, debo reconocer que me encantan las películas que arrancan con un elemento religioso porque precisamente la propia ficción o espiritualidad de la religión aporta mucho simbolismo a las películas. Por ello, en Lady Bird observamos como el paralelismo con la iglesia católica es constante para tratar de explicar el miedo a lo desconocidos que comparten los creyentes con los adolescentes. Un poco el espíritu de La llamada de los Javis.

Pero en este caso el contexto es mucho mayor. Nos situamos en un 2002 en un colegio católico, donde la fe es la única opción a la que se aferra un pueblo dañado por el 11S. Y donde el humor negro constante despunta como una genialidad en el guion. Desde los continuos diálogos entre los adolescentes hasta ciertos detalles como la protagonista y su amiga comiendo las hostias que reparte el cura mientras cuentan sus travesuras, como justificando sus pecados.

Con una estética que recuerda mucho a películas como The espectacular Now o Pequeña Miss Sunshine, la metáfora es la misma. La red de relaciones familiares y cómo esta se va enrollando alrededor del adolescente que quiere volar. Como Lady Bird.

Esa chica misteriosa, Saoirse Ronan, a la que ya se le escapó el Oscar con Brooklyn y ya vimos en el Gran Hotel Budapest, tiene 23 años y ya brilla con luz propia. Nació en el Bronx, hija de padres irlandeses que volvieron su tierra cuando ella tenía tres años. Se crió en el campo y estudió en casa. Su nombre, que se pronuncia significa libertad en irlandés. Consigue el tándem perfecto con Laurie Metcalf que interpreta a su madre coraje. La combinación de ambas otorga todo el poder a la película y aunque el argumento no deja de ser predecible en todo momento, la cinta te sorprende una y otra vez con las salidas de contexto. Además, logra un ritmo privilegiado suprimiendo partes de la trama que no aportarían nada y añadiendo detalles que hacen de la película un ejercicio perfecto de lo que debería ser el cine indie alternativo. Es la forma de romper con los clichés utilizándolos, irónicamente.

El de la amiga gordita, el de la guay de la clase de la que todo el mundo busca hacerse amigo, el del homosexual reprimido…

Pero el de Saoirse no es el único futuro prometedor que avistamos en la cinta. Timothée Chalamet, el adolescente de Call me by your name brilla también interpretando a un pijo que finge ir en contra de los estándares de la sociedad capitalista y que nos regala los diálogos más inteligentemente construidos de la película.

Y de repente el drama aparece, justo cuando el espectador lo estaba necesitando. Como una olla a presión que avisa que ya está lista para ser abierta. Y no es melodramático sino pura sinceridad. La moraleja: que quien tiene todo no lucha por nada, pero quien algo desea, lo pelea. Las bases del proletariado. Las bases de la libertad.

Y como una lección de vida para todos, la directora nos pone sobre la mesa la verdad. Que todos añoramos de dónde venimos, por mucho que nos esforcemos en negarlo. Porque por muy oscuro que haya sido nuestro pasado, es nuestro, y forma parte de lo que somos. También nos enseña que el miedo a decepcionar de una madre es el más poderoso de todos, y que todas estamos condenadas a ser como ellas. Aunque nos pese.

Lady Bird es un canto al amor entre madres e hijas. Una invitación a la reconciliación con aquello que no nos satisface pero nos ha ayudado a ser mejores y una lección, con la que arranca la película: “Cualquiera que hable del hedonismo de California nunca ha pasado una Navidad en Sacramento”, una indirecta a todo el sistema Hollywoodiense que no retrata a un Estados Unidos real. Por primera vez, la protagonista quiere salir y no sueña con ir a California.

Por eso, esta película es en parte un homenaje a todos aquellos lugares olvidados que no valoramos hasta que los dejamos. Como todos los que nos vamos a estudiar fuera y luego queremos volver. Por eso, precisamente la directora se aferró a Joan Didion, la autora de esta cita que da comienzo a la película que también es de Sacramento. Fue la primera vez que experimentó, dice, la mirada de un artista mirando su casa. Afirma que siempre pensó que el arte y la escritura tenían que ver con cosas que eran “importantes”, y estaba segura de que su vida no era para nada importante. Por eso eligió inspirarse en sus textos y utilizar la ciudad que ambas compartían. Y así, como los legados que se pasan de madres a hijas, los propios textos que le dieron una lección, ahora le dan una lección al espectador que decide ir a ver la película.