Aprovechando que el reciente estreno de It, ya se ha convertido en la película más taquillera de EEUU, ¿qué otros payasos terroríficos ha retratado el cine?

De entre los muchísimos arquetipos que se han ido explotando a lo largo de la historia del cine de terror, posiblemente los más curiosos son precisamente aquellos relacionados con los juguetes y accesorios infantiles. Toda una tendencia insistentemente socavada que no deja de resultar irónica, si tenemos en cuenta que esta categoría de cintas se haya muy lejos de focalizar su target en el público infantil.

Pero tampoco hace falta estrujarse mucho el cerebro para desentrañar los motivos por los que los diversos creadores y guionistas del género han manipulado estos elementos como ingredientes fundamentales a la hora de la generación del suspense: el hombre adulto siempre tendrá en los años siguientes a su lactancia los orígenes emocionales de mayor porosidad e impacto de su existencia, siendo esa etapa la primera en la que se comienza a engendrar y experimentar el miedo, cuyas primeras apariciones bien pueden excavar estigmas insondables en su posteridad vital.  El recurso psicológico asociado a los pánicos de nuestra niñez, es por ende, de los más efectivos justamente por su consistencia ancestral y sus sensibilidades subconscientes.

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Así pues, muñecas de porcelana, niñas malditas, cunas que se balancean solas, marionetas grotescas y vestuarios blancos y gaseados forman parte fundamental del colectivo universo fílmico de lo espantoso. Encontramos estas artimañas narrativas a borbotones en las películas de miedo, y aunque sus continuas presencias puedan teóricamente resultar manidas, lo cierto es que su funcionalidad también parece inagotable, pues continúan colándose año tras año en las tramas de los nuevos productos de estreno.

Así que hoy, aprovechando la muy publicitada llegada a la cartelera de It, película que analizamos también en nuestra Cata del Cine, vamos a hacer un recorrido por uno de estos famosos arquetipos siniestros, vinculado a través de los subgéneros gore y slasher a los imaginarios infantiles: los siempre espeluznantes, macabros y fatídicos payasos.

El caso de los payasos, si se sopesa bien, resulta potencialmente uno de los instrumentos más maleables dentro de las ficciones de terror, al constituir no ya un objeto guionístico recurrente sino un personaje sujeto más, una entidad viva con la misma herencia híbrida entre lo humano y antihumano que los monstruos más célebres, y porque en ellos se funde también otro arquetipo referente de lo inquietante: el de la máscara.

¿Cómo puede un hombre con la cara pintarrajeada de un rojiblanco pastoso y los ojos romboides, calzado con zapatones y vestido con un atuendo colorido y ridículo provocar ese desasosiego irracional? Ningún otro personaje del circo es capaz de levantar esas horrendas pasiones, y eso que el payaso, en vez de la espectacularidad, tiene su supuesta baza de entretenimiento en la carcajada. Sea como sea, y funcione como funcione esa química nuestra de la activación emocional, los payasos han sido y siempre serán por derecho propio, de los mejores monarcas burlones del cine de los pshyco-killers. Recordemos, además, la bizarra legitimidad el término coulrofobia,  el síndrome de angustia desproporcionada hacia los payasos. Entre los muchísimos que han salpicado nuestras pantallas desde el advenimiento del género, allá por los 70, hoy hemos recolectado algunos de los más incuestionablemente míticos, o bien algunos de los más esperpénticos, directamente manufacturados de la, siempre a caballo entre lo vomitivo y lo irrisorio, serie B.

Empezamos con un triplete y un nombre capital dentro de los lares cinematográficos de lo sangriento, el de Rob Zombie. El polémico director estadounidense, gustoso del gore más nauseabundo y de los mensajes subliminalmente poco éticos, introdujo a payasos carniceros en tres de sus películas más taquilleras y controvertidas: con el cruento y descerebrado capitán Spaulding en La casa de los 1000 cadáveresLos renegados del diablo, y con la bandada de sádicos clowns de 31 Terror hardcore, elevado estilismo visual, montajes inteligentes y bandas sonoras rockeras, todo ello refrito en salsas irrefrenables de kétchup. Puras marcas de la casa Zombie, vamos.

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Y si Zombie inició su carrera a pulso de homenaje, por mucho que en seguida pasara a desarrollar su cuestionable insignia autoral, más nos vale tocar ya un par de clásicos de la esplendorosa década del cine de bajo presupuesto y terror hecho con la batidora de lo efectista y lo estrambótico, los 80. Y Clownhouse bien puede mencionarse como una de las pequeñas joyitas de la época, avalada por su nominación al Gran Premio del Jurado de Sundance. Dirogoda por Victor Salva, el film nos presentaba a tres dementes psicópatas que, recién fugados de un manicomio, se dedicaban a aterrorizar vestidos de payasos a tres pobres niños que pasan solos la noche en su casa. Original, original, la trama no es. Pero el reciclaje argumental y el escaso grafismo de la violencia se compensan con un articulado uso del suspense y una interesante fotografía de tintes expresionistas.

Y la otra cinta de culto de obligada señalización es la paródica Payasos asesinos del espacio exterior, filmada por los notables hermanos Chiodo. Revoltijo de ciencia-ficción, terror y comedia, esta cutre película del 88 garantiza un hilarante festín de risotadas incrédulas mediante su sentido de humor de chascarrilla y su premisa redomadamente absurda: meteorito caído del cielo se convierte en una carpa de la que hierven una pandilla de payasos alienígenas con afición a los destripamientos. La coña descarada del punto de partida iba además en espléndido aumento durante el metraje con otra ristra de surrealismos del tipo de palomitas de maíz asesinas, marionetas violentas y humanos convertidos en algodón de azúcar. Aberrante y carismática fantochada trash, la cinta es un perfecto ejemplo camp de artículo de segunda fila en el que los gags eran directamente proporcionales a lo nocivo de los diseños de cartón-piedra y los efectos especiales de estética casera.

Y de la broma pasamos a la truculenta etiqueta del “basado en hechos reales” con una cinta del 2003 firmada por Clive Saunders: Gacy: el payaso asesino, que montaba su trama inspirándose en la historia verdadera de John Wayne Gacy, un psicópata de Chicago que asesinó y violó a 33 hombres a lo largo de los años 70. El detestable personaje, obeso,  enfermizo y de traumático pasado, trabajaba de payaso para niños en un hospital local, y posteriormente, durante su estancia en la cárcel cumpliendo pena por sus atroces crímenes, se dedicó a la pintura de óleos, teniendo como motivos recurrentes de sus obras a payasos o personajes de cuentos infantiles.

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La película, no obstante, fue calificada como un deshecho cinematográfico, con una mediocre puesta en escena y cuajada de sangre gratuita, más próxima a un soporífero telefilm de sobremesa que a un biopic a la altura de la estremecedora figura protagónica.

Y pasamos ahora a otra de esas bazofias execrables cuya existencia suele quedar justificada simplemente por los destellos de ingenio que provocan en reseñas y críticas de espectadores. Se trata de El payaso a medianoche de Jean Pellerin, rodada en 1988, y que cuenta con la muy digna puntuación de 2,7 sobre 10 en Filmaffinity.

La protagonista es la hija de una cantante de ópera que fue brutalmente asesinada y que, deseando poner paz a sus pesadillas, decide, en una divinísima ocurrencia, y con uno de esos característicos comportamientos de incoherencia ofensiva tan propia de los estúpidos personajes de las pelis de terror, volver al teatro en el que se produjo el crimen. A pesar de contar con la presencia de un actor respetable como Christopher Plummer haciendo del antagonista payasesco, la película es una aberración trufada de clichés, diálogos de verguenza ajena, y puntos de giro tremebundos y adictos del sinsentido.

Y cambiando de tercio al formato de las cintas a modo de episodios, la ultra violenta La víspera de Halloween, dirigida por Damien Leone en 2013, y que mama directamente de la mítica Halloween de John Carpenter. Con pretensiones metafílmicas, la película narra el descubrimiento por parte de una niñera de un VHS con tres clips snufs protagonizados por un sanguinario mimo.  La película de estética videoclipera, perpetraba un verdadero serial de retorcimientos y agresiones de carácter misógeno, petada de maquillajes truculentos y maniquís mal avenidos.

Y otra película de los últimos años, Clown, con John Watts al frente y algo más de solvencia narrativa que la media de lo que venimos comentando. La situación de partida me parece una genialidad: padre de familia se disfraza durante el cumpleaños de su hijo con una vestimenta de payaso que encuentra en un baúl de la casa (sí, así por casualidad). El problema surge cuando, una vez acabada la celebración, no puede despojarse del disfraz, y éste poco a poco va adheriéndose a su piel y tranformándole en un descalabrado homicida. El guion no deja de presentar varias caídas en lugares comunes y el film no deja de pertenecer a esa penosa categoría de carnaza de videoclub, pero resulta entretenida, presenta algunas habilidades en la puesta en escena, y sinceramente, ya es para aplaudir que pretenda ir en serio y se esfuerce mínimamente en conseguirlo.

Y concluyo con otra oda al mal gusto: Drive Thru: fast food killer, cuyo título parece en sí mismo una orgía del descojone y que resulta otra representante de ese cine que resulta insólito haya podido conseguir la financiación suficiente para siquiera haberse rodado. El batiburrillo argumental trazado al alimón entre los directores Brendan Cowles y Shane Kuhn en 2007 está aliñado, eso sí, de sígnicas influencias postmodernistas de la cultura del consumo capitalista. En este caso, el entrañable payaso protagonista no es más que la mascota de la cadena de hamburgueserías Hella Burger (muy sutil ahí el guiño a la palabra infierno). Horny el payaso es además un fanático de las hachas y de las masacres a adolescentes. Adolescentes que como manda la regla del género, son imbécilmente imprudentes, organizan fiestas llena de alcohol, drogas y ouijas;  y que hacen exactamente durante dada minuto de la película lo opuesto a lo que dictaría la razón de cualquier ser humano con cerebro mayor al de un mosquito. Topicazos grasientos, matanzas a cascoporro, personajes de copia y pega con aliñes emo y un  diseño de producción patético con un resultado final que roza, nuevamente, la comedia involuntaria.


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