¿Obra maestra o delirio sin sentido? Muchas son las opiniones sobre Mother!, analizamos la película en nuestra Cata Del Cine.

A lo largo de mis años como severa espectadora de la gran pantalla he desarrollado, de forma más inconsciente que pretendida, una clasificación yo creo que acertadísima, y creo que algo cruel también, sobre las películas malas. Lo de la crueldad es importante, el otro día precisamente leía un texto en el que se defendía esta actitud como artífice del juicio artístico, ya que toda decisión es, irremediablemente, cruel. En fin, sin más divagación, el caso es que, dentro de esta taxonomía,  he ido depurando cuatro categorías muy diferenciadas:

A la primera pertenecen las más evidentes, esas cintas que celebran su mediocridad con metros y metros de carteles desplegados por las grandes metrópolis del mundo y que se venden a sí mismas como menús palomiteros masivos, ofreciendo mejunjes de todos los ingredientes-basura que garantizan el deleite de las hordas adolescentes, ávidas de adrenalina y risotadas o del narcotismo de la violencia más rebajada. Salas a las que uno debería entrar armado con una bolsa de vómito o con somníferos.

Luego está la segunda categoría, en la que se podrían incluir películas que buscan pasar de largo como vehículos muy serios y solemnes, pero a las que uno ya puede detectar ciertas manipulaciones estéticas sospechosas casi antes de entrar a verlas, como por ejemplo, que en su póster haya una bella pareja heterosexual besándose y un sol de atardecer a contraluz justo colocado entre las bocas de los amantes. Y sí, aquí metería al 80% de ofertas romanticonas de turno, capaces de provocarle a uno una sobredosis de azúcar mayor que la desencadenada por una crisis diabética. En esta categoría también se cuelan pseudo-productos con subtítulos afectadamente grandilocuentes, del estilo de: “Sólo su amor les separa de la muerte”, o “Él era hijo de un rey y ella de un pescadero, pero la llamada del corazón triunfó”.

Después tenemos las películas que son entrañablemente lamentables, que consiguen que venzamos la vergüenza ajena para, francamente, pasar un rato divertidísimo de puro pasmo o estupor, y para las que es muy necesario contar con un acompañante con el que poder intercambiar múltiples comentarios irónicos e ingeniosos durante toda la proyección.

Y por último, está la categoría más grave de películas malas, la categoría verdaderamente imperdonable, aquella reservada para obras que se hacen con la ceguera de una supuesta genialidad detrás, las que apuestan por la trascendencia y encallan en lo pretencioso, las que aseguran experiencias cinemáticas de sonada relevancia pero que al final sólo nos dejan la horrenda sensación de timo a la sensibilidad o insulto a la inteligencia. Lo peor es que muchas de ellas vienen firmadas por nombres importantes de la industria, creadores que han hecho más que suficiente para tener merecido su carné de artistas. ¿Por qué entonces, tantos de ellos cometen abyecciones cinematográficas del estilo? ¿De qué se trata? ¿De un golpe en la cabeza, de un brote egolátra-narcisista o de una mera burla autoral? La verdadera respuesta se pierde en la confusión de un remolino de visiones y narraciones aleatorias de las que no podemos sacar ni conclusión ni sentimiento claro. Sólo una congelada y atónita sonrisa de: “¿qué coño acabo de ver? Creo que me siento ofendida”.

Muy bien, pues este es el caso, señores y señoras, de Mother!, el esperadísimo último estreno de Darren Aronofsky.

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Aronofsky es sin duda alguna uno de los directores norteamericanos más atractivos y del panorama actual, la perturbadora y brillante mente creadora detrás de films como Cisne Negro, La Fuente de la Vida o Réquiem por un Sueño. Su estilismo visual tan hipocondríaco como inquietante, su ambiciosa autoridad en el juego de planos y su inclinación por inspeccionar los feudos temáticos de la locura o las adicciones, le han convertido en un cineasta de reconocible huella dactilar. En mi caso, considero Black Swan la cumbre de su personalidad fílmica y  una de las anatomías más apasionantes y sensoriales que se han practicado sobre esa cavidad abstracta y en ocasiones maquiavélica que constituye el mundo interior del artista.

Pues Mother! parece querer continuar la misma hoja de ruta que la historia de la bailarina clásica protagonizada por Natalie Portman, buscando bucear en las introspecciones, deformidades y subjetividades del proceso creativo, y construyendo para ello todo un excelso emporio de imágenes que tratan de traducir las distintas fases de transfiguración que padecen los virtuosos. Pero me voy a rebobinar a mí misma porque creo que no estoy acertando del todo. Mother! no es sólo un retrato psicodélico del artista. Mother! es mucho, mucho más.

Es un cuadro visceral de la mortalidad de la relación romántica. Y es una despiadada crítica social a los delirios de grandeza, y a ese deseo de gloria que, citando a uno de mis filósofos favoritos, el rumano Ciorán, supone “la peor forma de maldición que puede caer sobre una persona”.  Y Mother!, por qué no, también dibuja una reflexión de índole metafísica sobre los orígenes del mundo, elaborada sobre la sensual metáfora de la maternidad. Y también constituye una iconográfica detracción de lo religioso, un baconiano análisis de las masas atiborradas de fe e irracionalidad. Y oye, que también tiene tiempo para jugar con el trasfondo del Apocalipsis telúrico, con las ideas del miedo y de la dependencia patológica, con la banalidad de los rituales humanos y con la necesidad sustancial de la destrucción.

mother! Left to right: Javier Bardem as Eli and Jennifer Lawrence as Grace

Y creo que mi crítica podría muy acabarse aquí. Porque Mother! es todo eso, y por tanto, como resultado de tanta entropía sideral y humana, es “nothing at all”. Y es que el principal defecto del jolgorio audiovisual armado por Aronofsky es la de revolverse en un exceso alucinante, que, paradójicamente, ofrece a la vez el único elemento de honesta admiración hacia su película. Sinceramente, hay que tener muchos cojones para creerse capaz de trufar en un metraje de hora y pico semejante desbordamiento de símbolos, revelaciones y planteamientos.

Porque además, la mano invisible del director se transparenta firmemente en la edificación secuencial de la trama, una mano que continúa ofreciéndonos su talento incorrupto para crear cine, por mucho que en este caso su materia prima parezca haber salido de un par de noches alucinógenas en las que el cineasta se pasó de más.

Pero sí, película está extraordinariamente filmada, moviéndose además con agilidad y método a través de una puesta en escena arriesgada y original, puesto que maneja toda su historia sin excepción en un único espacio cerrado, el de una casa, y desde el punto de vista de un único personaje, el encarnado por Jennifer Lawrence. Se necesita muchísima aptitud para manejarse a través de tantas cascadas de locura y sinsentido siendo fiel a las propias limitaciones escénicas y de perspectiva que se impone el director. Y Aronofsky ondea su nave por estas cascadas con su salvaje ímpetu habitual.

Pero es que su nave es ridícula. La premisa inicial es sencilla, pero a todas luces, prometedora de primeras como motor de un drama doméstico de alto voltaje emocional: un famoso poeta que atraviesa una crisis de inspiración, convive junto a su joven esposa en una enorme mansión a medio reformar, en la cual recibirán sorpresivamente una noche, la visita de un truculento médico que confunde el edificio con un “hotelito rural”.

La primera parte de la historia, y la única razonablemente coherente, se dedica a tejer un conseguido clima de tensión, en el que se deconstruye, a través de un seguimiento constante y casi sofocante al personaje de Lawrence, la alegoría de la casa como “espacio simbólico”. El entorno y la atmósfera enhebran una especie de figura representativa de las mentes opuestas de la pareja: el escritor encerrado en su propio vacío de palabras, asfixiado por su parálisis, y la mujer obsesivamente empeñada en decorar y cuidar las estancias y el inmobiliario, como quién riega casi maníacamente los cimientos de su relación.

Utilizando la arquitectura como principal instrumento psicológico, las acciones y recorridos de los personajes, dirigidos con cierta teatralidad, nos invitan a caer en un estado de suspense bastante magnético, y los pequeños detalles amenazadores que salpican las escenas por aquí y por allá ayudan a generar una lograda acumulación de incertidumbre angustiosa. Hasta aquí, todo en orden. Todo extrañito y un tanto receloso, pero en plan, recelo y extrañezas guays.

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Pero con la aparición de los secundarios, un insoportable Ed Harris y una desproporcionada Michelle Pfeiffer, se dispara la catástrofe: comienzan a sucederse los primeros puntos de giro descabellados y las primeras coreografías incomprensibles que abren las puertas a la incontinencia de signos e histerias.

Y a partir de este punto, oye, pues no sé cómo definir correctamente mi impresión. La segunda mitad del film es casi indescriptible. Merece la pena ir a ver Mother! meramente para corroborar esta indescriptabilidad. El ruido y la furia se esparcen por doquier. Jennifer Lawrence aguanta el tipo, de forma casi espléndida para lo que se le va viniendo encima. Francamente, merece más el Óscar por todo lo que aguanta aquí que por sus otros trabajos premiados juntos. Por el contrario, Javier Bardem, que interpreta al poeta descerebrado, acaba convirtiéndose en algo parecido a un odioso muñeco de guiñol, con una expresividad pegajosamente terrorífica. Los extras poseídos causan tanto miedo como hilaridad. La casa se convierte en un infierno, para Lawrence y para el espectador.

El fuego, la sangre y la carne pringan cada fotograma y cada centímetro de pared. Los símbolos de brocha gorda caen del techo. Los efectos especiales de la catarsis final parecen de videojuego. El cierre es tan acongojante como descojonante. Y la señora de detrás de mi fila, cuando se encienden las luces y hay un breve silencio de estupefacción compartida, consigue sintetizar el trauma general y desencadenar la carcajada colectiva en la sala al grito de:

“¡QUÉ NOS DEVUELVAN EL DINERO YA!”


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