Todavía nos preguntamos cómo en 2003 pudo ocurrir un hito de estas características en el cine norteamericano. Un producción de seis millones de dólares que se convirtió en la mejor-peor película de la historia. Hoy hablamos del “artist” más “disaster”: The Disaster Artist.

Después de intentar ganarse la vida como actor en Hollywood y no conseguirlo, nuestro protagonista, Tommy Wiseau decidió escribir, protagonizar, producir y dirigir su propia película. Ya he dicho antes cuanto se gastó en ella, principalmente por cuestiones estúpidas, ya que además de comprar el equipo técnico al completo (algo que ni Michael Bay hace, siempre se alquila), rodó en digital y en 35 mm.

Desde el primer día de rodaje se supo que si de alguna manera conseguían terminar de grabar la película, ésta fracasaría estrepitosamente en taquilla, y así fue, recaudó unos 1.800 euros. Entonces, la incógnita sobre este personaje tan peculiar está servida. ¿Quién es ese Tommy Wiseau? ¿Realmente se llama así? ¿De dónde viene? ¿Por qué tiene tanta pasta? Pues siento deciros que no os voy a hacer ningún spoiler, directamente porque en la película no lo aclaran. Pero si os voy a contar la teoría más extendida entre los frikifans de este hombre.

Pues bien, Obviamente Tommy Wiseau no es su verdadera identidad, es su nombre artístico. En público siempre cuenta que es de Nueva Orleans pero el acentazo a Europa del Este que rezuma de su boca no se lo quita nadie. Y encima millonario. La teoría con la que me quedo yo y la que más me cuadra es que la película en realidad fue una tapadera de la mafia polaca, a la que pertenecería Wiseau, para lavar dinero. También se dice que su riqueza proviene de la venta de calzoncillos y chaquetas de cuero importados de Corea del Sur, todo un negocio.

Teniendo esta premisa era de esperar que dos grandes de la comedia estadounidense indie quisieran contar lo que hay detrás de la mejor-peor película de la historia. James Franco se pone en la piel de esta figura enigmática acompañado por su hermano, Dave Franco, que interpreta a Greg Sestero, el coprotagonista amigo fiel que le sigue el rollo. Para poder apreciar el excelente trabajo interpretativo de James Franco es muy recomendable verse The Room antes, porque así podréis apreciar el mimetismo de cada plano, cada escena y cada gesto del personaje. Hay mucha reconstrucción de las secuencias más legendarias de la original, calcadas al milímetro. Por eso os animo a que no os levantéis corriendo de las butacas cuando acabe porque hay sorpresa después de los créditos.

Un cartel en la taquilla advertía a los atrevidos espectadores: “No se devuelve el dinero”, y junto a él, otro en el que aparecía una crítica de un medio, tajante en sus palabras: “Ver esta película es como que te apuñalen en la cabeza”. Y así es como The Room pasó de cutrez, a convertirse en fenómeno freak, cine de culto, cine indie, cine rarito para fardar de que la has conseguido ver de principio a fin.

Y es que la serie B, los largometrajes cutres, tienen hordas de seguidores que adoran este género, tanto que se ha convertido en religión. Y no, no estoy de coña. Además de corriente ya podemos enmarcar a estos acérrimos seguidores en algo más, su pasión no tiene límites. Y es que aparte de Tommy Wiseau tienen bastantes más dioses a los que adorar. Desde la saga Aullidos, The hands of fate, Robowar o el cine turco en general. ¿Por qué el cine turco? Porque debido a la censura, la industria cinematográfica del país se vio obligada a crear adaptaciones de los grandes estrenos norteamericanos, produciendo en los años 70 entre 250 y 300 películas anuales con continuas violaciones de copyright. Un dato muy gracioso es que estos largometrajes están grabados en su sólo canal de audio, por lo que cada vez que hay un efecto sonoro, la música se interrumpe. Esto me huele a trotamundos.

Aunque muchos detractores y melancólicos timburtonianos consideren The disaster Artist una copia barata de Ed Wood, otro clásico del cine de Serie B,  yo como fan que soy de ambas considero que tienen puntos en común, pero son historias completamente distintas. Para empezar, sobre los personajes originales. De Wood conocemos todo, mientras que de Tommy Wiseau nada. Uno hace historias creepys y de auténtico cine de serie B, el otro lo que pretende, aunque de forma fallida, es realizar una superproducción bastante convencional. Realmente no entiende el sistema de las relaciones humanas, las convenciones sociales o el tú a tú impersonal.

Os invito, bueno no, os exijo que al menos esta película la veáis en versión original. No hay otro planteamiento. Te vas a perder la mitad de los chistes y de los gags tan famosos y virales que tiene el personaje. No es un deseo, es una obligación.

Por algo James Franco se ha llevado el Globo de Oro, no por explotar su perfecto y escultural atractivo físico, si no por todo lo contrario, y mucho de esto se aprecia en la imitación vocal.

De una forma u otra he de decir que tanto The Room como The Disaster Artist tienen algo, no sabría decir el qué, un halo de inocencia y misterio que es hasta tierno. No hay talento, pero es una experiencia única e irrepetible.


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