En La Cata del Cine del último programa de la temporada hablamos de un trabajo que lleva implícito el riesgo de ser una película que lo ha petado en los festivales. Verano 1993 se llevó el gran premio del jurado a mejor ópera prima en el Festival de Berlín y también la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga. La crítica la galardonó con un premio Feroz. Con toda esta antesala podríamos estar ante otro caso más de película sobrevalorada por los críticos, pero no es así, Carla Simón ha conseguido hacer un viaje por su autobiografía de la manera más sincera y elegante y dejando brillar al elenco de actores. 

El argumento bebe de la propia infancia de la directora. Ella es Frida, la niña protagonista que en el verano de 1993 se tiene que enfrentar a la pérdida de sus padres por la enfermedad de los 80, el sida. Sus tíos maternos la acogerán en su familia como a una hija más e intentarán que encaje con su hija pequeña. 

Y es precisamente el casting excelente el que le da muchísima fuerza a la película. Vemos a una Bruna Cusí y a un David Verdaguer excelentes casi ensombrecidos con las grandes actuaciones de las dos niñas pequeñas. En el caso de la protagonista, consigue plasmar perfectamente el desasosiego de no entender en mundo de los adultos ni su nueva situación. Mucho menos la causa que se ha llevado a sus padres. La adorabilidad de la pequeña hace que te quieras morir del amor al ver la combinación de ambas.

Secuencias que tal y como comentaba la propia Bruna Cusí aquí en 16 Novenos eleva el nivel de sinceridad de la película a la máxima potencia porque es difícil igualar una actuación a la sinceridad de unas niñas que sin guion son capaces de ofrecer momentos absolutamente geniales frente a la cámara.

Ella interpreta a Marga, la mujer del tío de la niña que tiene que tirar de un drama familiar que en realidad no le pertenece. La contraposición entre la educación que dan los dos protagonistas a su hija, criada en el campo aprendiendo a hacer las cosas por si misma choca con la de Frida, criada en la ciudad por dos padres que se intuye no llevaron la mejor de las vidas e influenciada por unos abuelos que lejos de educarla en la vida, se dedican a satisfacer sus caprichos.  Y digo se intuye porque merece la pena decir que en esta película no se dicen las cosas, sino que la directora ha conseguido que todo se sepa sin necesidad de decirse. Y eso, amigos, es destacable porque constituye el propio sentido del cine en sí mismo.

Especial valor a la sinceridad con la que el personaje de Marga le explica todo a la niña. Una cosa que no me cansaré de decir que admiro mucho de mi infancia porque mi madre era así conmigo y espero algún dia ser así con mis hijos.

Se nota mucho cuando las escenas son verdad, cómo los diálogos salen naturales, una mezcla que le hace preguntarse al espectador si realmente será verdad lo que está viendo, no sabes si las reacciones salen naturales o están en guion y eso pasa muy poco en el cine español y se agradece.

En este sentido la actriz consigue que el espectador sea consciente de ese pequeño drama interno que tiene ella con respecto al nuevo papel que le ha tocado vivir en la vida de la protagonista.   Pero en general, tanto ella como el personaje de él están espectaculares en el papel de padres, aun sin serlo, como ella misma nos contaba en su paso por aquí.

Y una de las cosas que encandila al espectador es precisamente ese viaje en el tiempo que hace la directora arrastrándonos a todos a él. En mi caso, lo vi desde los ojos de la niña pequeña, porque poco más pequeña debía ser yo en aquella época. Todo detalle cuidado para que el espectador se sienta identificado con el ambiente. Los juguetes, la casa del pueblo, los detalles, la orquesta…todo te transporta. En ese sentido es una película bellísima. 

Estamos ante otra cineasta que hará grandes cosas porque recordemos que esta es su ópera prima, la que abre el camino para una gran carrera cinematográfica.

Y Verano 1993 se hace indispensable porque mientras otras películas como Un monstruo viene a verme necesitan de efectos externos, millonadas y hacerlo desde Estados Unidos creando un Blockbuster, esta película es capaz de indagar en el duelo infantil en el cómo se enfrentan a ello los adultos con el único poder de las actuaciones y por eso es una película sensible y bien ejecutada, porque no se sirve de agentes externos y brilla por si misma. Posiblemente a pesar de ello consiga muchos menos millones de euros en taquilla…pero eso es otro tema. En este caso Carla Simón es sincera y cuenta algunas de las locuras que hizo para intentar abrirse hueco en una familia ya cerrada.  Un tema que esbozó en uno de sus cortos. Lipstick (del 2013), ya hablaba de cómo afrontar la muerte en la infancia. Pero según explica la directora fue de ahí precisamente de dónde surgió la necesidad de hablar del enfrentamiento con la muerte a través de su experiencia personal.

La banda sonora se intuye y acompaña con unas pinceladas que hacen que apenas se note y solo destaque en ciertos momentos. Más como un elemento que destensa y añade valor a los planos. Una película bella e inteligente que no pierde ritmo a pesar de que no hay más argumento que el de la propia llegada de la niña a la casa y su adaptación. No pasa nada, pero pasa todo y sobre todo, hacía tiempo que no veía un final tan inteligentemente elegido e insertado en el momento perfecto. Cuando uno baja la guardia, la vida te da una hostia en toda la cara para recordarte que hay heridas, a las que uno no puede poner una tirita sin más. A pesar de estar hablando de un tremendo drama la película se presenta como una comedia, irónicamente te deja un poso buenrollista, te saca sonrisas continuamente incluso carcajadas.


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